Noche de risas y llantos. De carcajadas y plañideras más bien; pero como decían en mi pueblo, ni tanto ni tan corto señores. Ni para los unos, ni para los otros. Que todo pasa y acaba.
La victoria del PP, aparentemente abrumadora; la caída del PSOE en un principio sin precedentes. Pero, la abstención, todavía no he oído hablar de ella, aunque, en realidad, no sé si lo harán excepto aquellos que deban excusarse.
Las noches de elecciones nunca me han gustado, no les encuentro la emoción; me parecen algo así como un partido de fútbol entre el primero y el último de la tabla. Se intuye claramente el resultado de antemano. Y lo demás no importa, los del centro de la tabla, ahí están, ni destacan por un lado ni por el otro. Siguen ahí, pero nadie les hace caso; como a los segundones de un grupo de amigos y, a veces, tienen cosas importantes que decir. Pero nadie los oye.
Siempre encuentro un motivo para no alegrarme, hoy más que nunca. Me parece una noche tristona, llueve y hace frío, ha entrado el invierno como un ciclón que arrasa con todo lo que encuentra. Y no puedo evitar acordarme de los pobres indigentes que están en la calle, a la intemperie, rezando o soñando con tener un techo algún día. Es muy probable que no llegue y que el frío invierno los congele.
En fin, sólo son las primeras impresiones de una noche sin novedad aparente ni entusiasmo palpitante. Iba a decir que era su noche, pero voy a abstenerme, me parece un tópico demasiado desgastado y no del todo cierto. Aunque sí será la de algunos.