El mundo puede quedar ciego

No es justo que Bin Laden haya sido asesinado. No, no lo es; y lo repetiré una y mil veces. No es justo que se mate, ni siquiera, a un sanguinario de su calibre.

Quizá los familiares de las víctimas que el mató con sus órdenes, creencias y organización consideren que sí; pero ellos tienen rabia -perfectamente lícita por otro lado- contra él. Yo, desde el punto de vista crítico y más aséptico que genera la distancia al dolor, no.

Como se ha dicho, el ojo por ojo, no es la solución. Vanagloriarse de una muerte, tampoco. Debería habérsele juzgado y condenado de acuerdo a sus crímines. Debería haber sido, la orden, de captura y no de asesinato. Debería la sociedad internacional quejarse y no salir a la calle  a celebrar su asesinato, que no su muerte.

Eliminar sangre con sangre no me se antoja la forma idónea de limpiar la camiseta. Quizá sea porque el 11-S nada vagamente en las aguas difusas -por aquel entonces- de mi joven memoria, quizá porque mi generación teme al terrorismo casi por encima de todas las cosas o, quizá, porque ahora tememos la venganza islámica, de los seguidores de Osama Bin Laden a los que nada se les pone por delante, ni su propia vida, cuando la cuestión trata de arrebatar la de otros a golpe de principio ilógico.

Sabina escribió una vez que “la muerte es sólo la suerte con una letra cambiada” y, al recordar estos versos, no puedo evitar pensar que Osama es sólo Obama con una letra cambiada.

E.L.G.

¿Las vaciones? Genial, gracias

Pues eso, que las vacaciones me han ido genial, he descansado y he disfrutado de ellas. Pero a la vuelta mi cuerpo me tenía guardada una sorpresa y, la ciudad en la que resido cuando el maravilloso descanso se acaba, otra.

Les explico, resulta que por muy joven que una sea, su cuerpo no le debe tener mucho aprecio y el lunes, en un movimiento muy normal y clásico se produjo en mi espalda una revelación que, desde ese mismo momento, comenzó a doler (y mucho) y me impidió moverme. Mi compañera de piso llama al 112 y la nada amable operadora le explica nada cordialmente que “con un dolor de esplada y 20 años que se tome un ibuprofeno, no voy a mandarle una UVI” y yo, como siempre, me indigno. A trancas y barrancas mi pobre amiga consigue llevarme al hospital donde parece ser, de nuevo, que mi dolencia no es como para ir allí y me remiten a mi médico de cabecera. Yo contesto “De acuerdo, sólo es dolor, no voy a morirme, no tengo miedo pero: tengo que hacerme 400 kilómetros para que alguien me visite?” y entonces parecen entender que me duele, que estoy enfadada y que debe verme alguien. El médico me atiende y me manda una serie de medicamentos y me remite, de nuevo, al médico de cabecera:

-No tengo, respondo.

-De acuerdo, pero yo no puedo hacerle las recetas.

Hoy, con mi espalda a cuestas, voy al centro de salud que, teóricamente me corresponde y me dicen que la calle donde habito es la de la “discordia” y que no pertenezco allí, pero tampoco a otro centro de salud. Vamos, que debo ser la mujer sin médico porque vivo en la calle de la “discordia”.

-”La culpa es de la Comunidad” me dice la señora que me atiende.

-”Como si es suya, señora, que me da lo mismo, que solo quiero las recetas y marcharme de nuevo a mi casa, que ya me han pasado muchas cosas, que no quiero discutir más” Y otra vez a urgencias. Y ¿saben qué? He logrado volver a casa con recetas.

Después de esta historieta-rollo, reflexiono, en La Rioja nos quejamos de la Seguridad Social, en Madrid es increíble, se lo aseguro. Parece ser que sólo atienden sin problemas a los nacidos y residentes en la Comunidad y, como soy riojanita, no tengo derecho, aunque mis padres paguen, a unas tristes recetas.

Todo está dicho ya

En el transcurso de mis divagaciones personales diarias escucho una frase de una de mis canciones favoritas: “ningún hombre pondría palabra por escrito si tuviese el valor de vivir  lo que cree”.

Me llama poderosamente la atención, decido investigar, la frase es de Henry Miller, novelista estadounidense del S. XX (según wikipedia criticado y censurado por ir contra la época). Y entonces se me ocurre que quizá sea verdad; que la teoría siempre es más fácil que la práctica. Pero a la vez pienso que yo no siempre escribo por eso porque no siempre escribo aquello que no he vivido. Aunque, con el dato en mi poder de que es novelista, las cosas cambian.

Las novelas suelen ser cantos a la alegría, cantos al final feliz que nos embriagan la mente y nos alegran un poquito el alma. Las novelas, al fin y al cabo, son entretenimientos, una pura -y divertida- forma de pasar el tiempo. Las hay de todos los tipos, por suepuesto, pero pienso, en general, en best-sellers cuando escribo esto.

En su mayoría, nos hacen pasar un rato -o muchos- agradables cuando las leemos, cuando disfrutamos de sus páginas y de sus historias. Muchas de estas historias son apasionantes, una vida de película como se dice. Quizá sean una vida que sus autores no han tenido el valor de vivir y por eso la escriben. Por eso escribimos, porque hablar es más difícil, porque leyendo se deja margen de interpretación, porque leyendo no le ves la cara al interlocutor sólo sabes que está ahí, o te lo imaginas. Porque, al final, es más fácil escribir que hablar, escribir que vivir.

Va a ser que Miller tenía un poquito de razón y yo estaba equivocada, una vez más. Pero, en mi indagación de las grandes palabras de Miller descubro otras de Haruki Murakami que no tienen menos razón: “por eso ahora estoy escribiendo. Soy ese tipo de personas que no acaban de comprender las cosas hasta que las ponen por escrito” Y de ésta, no dudo un segundo. Soy ese tipo de personas, y me alegro.

E.L.G.

Periodistas ¿qué sabrán ellos?

Hoy pretendía contarles una historia que va de récords y de superación. De energía y ganas; pero la más inmediata actualidad de mi mala leche me obliga a aporrear mi teclado con otro tema. Pero no se preocupen, más pronto que tarde les contaré esa historia de superación mucho más halagüeña que lo que hoy vengo a gritarles.

Después de leer el blog de RNE que escribe Juan Ramón Lucas, decido leer los comentarios (en qué hora!) y un incipiente dolor de estómago comienza a demostrarme la tremenda mala leche que se me ha puesto de repente y el error cometido al decidir meterme donde no me llaman.

Resulta que entre críticas e insultos al conductor del programa matinal En Días Como Hoy, se le acusa de verter sus opiniones en la radio pública, se le acusa de ser simplemente zapaterista y anti-aznarista, se le acusa de hacer una radio partidista que para nada hace, dicho sea de paso.

Su esfuerzo por hacer de la pública una radio plural y por apostar por la pluralidad y el periodismo clásico de verdad se ve recompensado con una colleja que ciertos -otros muchos muestran su apoyo- reducen a zapaterismo. Señores, aprendamos a distinguir las cosas:

Los periodistas son personas, que no se nos olvide nunca. Ellos gritan, el resto de los mortales, susurramos al oído de quien pueda/quiera oírnos. Por gritar, deben hacerlo con más cuidado, evidentemente, pero no dejan de ser humanos.

¿Por qué siempre se critica el periodismo? Las cosas están muy mal, todos se venden, tienen que elegir una ideología política recién salidos de la carrera…todas estas lindas perlas son las que escuchan sobre la profesión. Si tan mal está, por qué no intentamos dignificarla un poquito entre todos?, por qué no probamos a colaborar y no sólo destruir? Por qué además de críticas no se aporta alguna idea por parte de aquellos que tanto hablan pero nada importante dicen? “Sois todos iguales” -dicen muy a menudo- claro, existen dos clases de seres humanos: los seres humanos puros, los hombres hechos y derechos que pueden criticarlo todo sin ningún tipo de tapujo y, por otro lado y un poco menos humanos, los periodistas, aquellos seres sin escrúpulos que se significan y venden a la primera de cambio y que para nada y nunca, nunca, nunca, son  capaces de mantener sus opiniones al margen para dar la visión más objetiva posible de las cosas. Sí, Señor, estoy muy de acuerdo; todos a la hoguera por ser comunes mortales más.

Solo una última pregunta: cuándo ustedes cuentan algo a los demás, ¿son capaces de repetir siempre la misma historia, y, SOBRE TODO, son capaces de dejar al margen lo que piensan y sus opiniones para contar las cosas exactamente como son? Y si ya nos ponemos trascendentales ¿cómo son las cosas realmente, si siempre nos las cuenta alguien que ya las ha procesado para poder transmitírnoslas?Sí, definitivamente, los periodistas son una especie al margen de la humanidad.

*Perdonen la crítica encarnizada contra la antítesis de la inteligencia, todavía soy una de esas ilusas que cree en la profesión y espero hacerlo siempre*

 

Un 10 al apoyo

Y una vez más el fútbol es ejemplo de solidaridad y de humanidad absoluta.

A veces se nos olvida que el deporte mueve masas, y que, simplemente por eso y por la deportividad que le caracteriza tiene que dar ejemplo y concienciar a una sociedad que, a veces, olvida su propio pegamento, la solidaridad.

Les cuento para quienes -si es que es posible a estas alturas de la sociedad de la comunicación- no lo sepan. Eric Abidal, jugador del barsa, va a ser operado mañana de un tumor en el hígado que, aparentemente y pese a la gravedad que eso implica, tiene “buena pinta” (esperemos que así sea). Hoy, el Real Madrid, su máximo competidor en la liga española y en todas las competiciones que disputan muestra, al término del partido, camisetas de ánimo y apoyo a Abidal.

Eso es deportividad, eso es saber estar, eso es apoyo, eso, señores, es lo que debería ser siempre el deporte además de deporte.  Después hablarán lo que hablen y dirán lo que digan cuando el asunto a tratar sea el fúbol pero, cuando lo es la humanidad, está demostrado que el fútbol da lecciones. Espero, y así será, que sean esas camisetas las que vea mañana en la portada de todos los periódicos deportivos, son también quienes deben dar ejemplo y hacerse eco de lo que de verdad merece la pena.

A pesar de esto, la UEFA (Unión Europea de Asociaciones de Fútbol) prohíbe lucir estas camisetas antes del partido. ¿Qué puede ocurrir?, ¿Cómo puede afectar? No lo entiendo.

Ahora, que pase lo que tenga que pasar con la UEFA, que multe si quiere multar, sólo será dinero. La deportividad ha quedado sobradamente demostrada. A Abidal, mucha  suerte.

 

Sírvase como sea, pero sírvase

Sí, es importante que se sirva el plato  todos lo días, frío o caliente, lo mismo me da. Y es más importante todavía que ese plato, al cabo de un tiempo, esté vacío y que su contenido se sitúe en el interior de otro recipiente, esta vez, un poco más humano.

La anorexia es una enfermedad cargada de prejuicios, ideas taladradas en nuestros cerebros por campañas con buena intención y mala praxis que han generado en nosotros la idea de que sólo son anoréxicas las niñas que quieren ser modelos.

No, no, no y un millón de veces no. Tras duros acontecimientos y múltiples lecturas, he llegado a acercarme a la realidad. He llegado a, al menos, saber que estaba equivocada. Saber que la anorexia no es cosas de niñas, que no es cosa de imagen, que no es cosa de todas esas cosas que se nos dice que es cosa.

Es algo más complicado, de explicar y de entender, es algo con lo que se lucha, que no disfruta y es algo que, creo, sólo son capaz de entender al cien por cien quienes lo sufren en su propia carne, o quizá ni ellos.

Una explicación coherente y lacrimosa además de divertida, aunque sea increíble, sí, es divertida en ocasiones; se encuentra recogida en el libro “Un plato de que sirve frío” de Verónica Lezana, quien desde dentro y con la mayor de las valentías alojadas en sus dedos y en su garganta, ha hecho un esfuerzo por explicar al mundo lo que la anorexia es, lo que para ella ha sido.Una lucha fraticida cuerpo a cuerpo, primero disimulada, después explícita. Una historia de amor que sólo conduce al sufrimiento y a la desesperación, a las lágrimas y a la tristeza.

Porque por fin las sonrisas se acercan a tus ojos otra vez y por hacernos comprender y porque te lo mereces: GRACIAS

11-M, Nueva Tragedia

Esta mañana, relativamente temprano, leo en la prensa que se ha producido un terremoto en Japón y yo, ingenua y muchas más preocupada por los menesteres que iban a acontecer en mi futuro más inmediato pienso “vaya, otra vez terremoto en Japón”

Esta tarde yo seguía preocupada por otras cosas cuando, de repente escucho que uno de mis programas de radio favoritos abre con la noticia japonesa y pienso: “un terremoto en Japón para iniciar un programa español en el aniversario del 11-M? Y Decido leer. Y leo que el terremoto ha sido de 8.9, y leo que va a acompañado de un tsunami, y escucho de nuevo que la radio no habla de otra, y la prensa tampoco, y la televisión; la televisión en internet retransmite la situación en directo. No me acostumbro a la inmediata actualidad, lo veo y, después de un tiempo, casi ya no siento. Hasta que, de repente, vuelvo a escuhar en la radio que ya hay medios que hablan de 88.000 desaparecidos. Espero que esta desorbitada cifra sólo sea fruto de las especulaciones miedosas y terribles del desconocimiento.

Una española en Japón cuenta que estaba en el metro y que, sólo después de dos temblores ha decidido que era el momento de intentar volver a casa. Con el primero siguió camino al trabajo. Las culturas y las costumbres, definitivamente, se contagian. Creo que es lo único que me ha hecho sonreír en la prensa hoy.

El 11-M parece ser que no es el mejor día del año.